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LA PREOCUPACIÓN

Por preocupación se entiende “una cadena de pensamientos e imágenes, relativamente incontrolables, acompañados de un estado afectivo negativo. La preocupación constituye una tentativa de solucionar un problema, cuyo resultado es incierto y que contiene la posibilidad de una o más consecuencias negativas. De manera que la preocupación contribuye a cerrar el ciclo iniciado por el miedo” (Borkoveck, Robinson, Pruzinsky y De Pree, 1983, p 9). Se trata, por tanto, de un conjunto de patrones verbales y visuales, sobre las situaciones amenazantes, que tendrán la propiedad de alertar la activación del organismo y prepararle para la acción, siendo prioritarios en el procesamiento.

Estas preocupaciones cumplen tres funciones que son críticas en el procesamiento de la ansiedad (Tallis, Eysenck y Mathews, 1992):

– En primer lugar, la preocupación tiene una función de alarma, que es capaz de alertar al sistema emocional sobre la aparición de estímulos potencialmente amenazantes.

-Seguidamente, la preocupación cubre una función de impronta, ya que es la responsable de la aparición de pensamientos e imágenes amenazantes en la conciencia.

– Y en tercer lugar, la preocupación desarrolla una función de preparación, anticipando las consecuencias que tendrían lugar determinadas líneas de afrontamiento sobre los acontecimientos futuros.

La preocupación se dispara cuando se dan una serie de condiciones, en primer lugar un aumento de la probabilidad subjetiva de que ocurra un suceso amenazante, al tiempo que se produce una inminencia subjetiva del suceso (los acontecimientos son tanto más aversivos,  cuanto más próximo se encuentran en el tiempo), una alta aversividad percibida del suceso (en función de su significación, intensidad y número de objetivos bloqueados), y por último, una inhabilidad percibida de las estrategias de afrontamiento disponibles para paliar la situación.

Referencias: Fernández Abascal, E. Jiménez Sánchez, M.P, Martín Díaz, M.D. (2003). Emoción y motivación. Editorial Centro de estudios Ramón Areces, S.A (vol. 1).

 

DESENCADENANTES DE LA ANSIEDAD

Los desencadenantes de la ansiedad son en la mayoría reacciones aprendidas y anticipadas de amenaza. El tipo de estímulos, tanto internos como externos, que son capaces de evocar la respuesta de ansiedad, están en gran parte determinados por características de la historia personal, existiendo notables diferencias individuales en cuanto a los propios desencadenantes y a la propensión a manifestar tales reacciones ante los diversos tipos de situaciones implicadas.

En general, se suele hacer referencia a que las situaciones son sólo potencialmente ansiógenas, porque no siempre producen reacciones de ansiedad. Lo cual ha sido explicado de formas muy diferentes, pero que se debe a lo que genera la reacción de ansiedad es el significado personal o, más exactamente, la interpretación anticipadora de la situación que hace la persona. En ocasiones incluso la persona reconoce y es consciente que la situación no supone una amenaza objetiva, pero sin embargo no puede controlar voluntariamente su reacción de ansiedad.

Son las expectativas de peligro las que median las respuestas de ansiedad, así ciertas condiciones actúan como señales anticipadoras de peligro. Las expectativas de peligro pueden generarse a partir de tres procesos de aprendizaje distintos: por medio de condicionamiento clásico, por medio de aprendizaje observacional y mediante la transmisión de información.

Por lo tanto, al no tratarse de una situación de amenaza o peligro real y presente, sino una anticipación de la misma, los mecanismos que disparan la respuesta emocional de miedo no se activan, es decir, no reconoce la situación como amenazante, ya que al menos aún no lo es. Por lo tanto, la condición desencadenante es simplemente un cambio en las condiciones estimulares externas o internas, que moviliza el proceso de estrés y este último el que pone en marcha el proceso de análisis emocional de la situación y, por lo tanto, actúa como desencadenante del mismo. Así pues, la reacción de estrés, se convierte en estado de ansiedad cuando la valoración conlleva la anticipación de peligro, con un componente de experiencia subjetiva, y otro de activación vegetativa y endocrina.

La propuesta más sistemática en cuanto delimitar situaciones posiblemente ansiógenas, es la realizada por, Arrindell, Pickersgill, Merckelbach, Ardon y Cornet (1991), quienes propusieron cuatro bloques de temáticas sobre las que se produce una alta convergencia interpersonal en desencadenar la ansiedad:

  • Temor a situaciones o acontecimientos interpersonales, que incluye el temor a la crítica, a la interacción social, al rechazo, a los conflictos y la evaluación.
  • Temor relacionado con la muerte, las lesiones, la enfermedad, la sangre y los procedimientos quirúrgicos.
  • Temor a los animales, que incluye desde animales domésticos a animales pequeños e inofensivos; hasta insectos, reptiles y otros animales que no suponen en ningún caso un peligro real.
  • Temores agorafóbicos, que implica temor a los lugares públicos (como centros comerciales o estadios) a las masas de personas, a los espacios cerrados (como ascensores, túneles o los teatros), a viajar solo en tren o autobús, y los espacios abiertos.

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